Una vez un cazador iba echando chispas por el monte porque no había conseguido cazar nada en todo el día. Iba maldiciendo todo lo que veía, fueran árboles, nubes, piedras o pájaros. De pronto vio unos jilgueros que revoloteaban cantarines en un aliso y se puso a desahogar la rabia que llevaba dentro disparándoles una perdigonada. Aquello pareció satisfacerle de alguna manera, pues desde aquel momento siguió disparando a todos los pajarillos que veía.

Al cabo de tres o cuatro descargas, apareció de pronto una hermosa liebre que pasó brincando prácticamente delante de sus narices. Carga nerviosamente la escopeta, apunta pero yerra el tiro. Pero la liebre sigue correteando por el prado. Vuelve a cargar los dos cartuchos, apunta más tranquilo, dispara y otra vez obtiene el mismo resultado; la liebre sigue saltando delante de él y podría decirse que con una sonrisa en los labios.

Finalmente enfebrecido por la frustración y tras el humo del último disparo, ve que la liebre se transforma en una hermosa joven de cara sonrosada, que empieza a reírse de él. El cazador no entiende nada pero se dirige a ella y empieza a abrazarla sin dar más explicaciones.

De pronto siente calor, un calor diferente del que lleva dentro, un calor de verdad, que le quema las manos y los labios y la ropa. Abre los ojos y ve que la joven, que en realidad era una Anjana, se ha transformado en fuego para castigarlo por descargar sus cañones sobre los pobres pajarillos del cielo. Echa a correr como un loco, se arroja a un arrollo, apaga las llamas y sale del agua. El escozor de las quemaduras le hace sufrir y decide que no volvería a salir de caza, sino de pesca.

Danel Herrero